George Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831)
Es el último de los grandes sistemas concebidos en la historia de la filosofía. La «contradicción» significa aquí el conjunto de oposiciones que había venido determinando la historia de las ideas desde el pensamiento clásico: lo singular y lo universal, la Naturaleza y el Espíritu, el bien y el mal, etc. La superación de la contradicción debe llevarse a cabo a partir del pensamiento «dialéctico» que el filósofo retoma de Heráclito y en Platón.
A diferencia de sus antecesores, concibe una totalidad dinámica: cada cosa llega a ser lo que es en el seno de un continuo devenir, un proceso que es producto de la diferencia, del carácter constitutivamente contradictorio del ser. El movimiento esencial del ser es dialéctico, por cuanto expresa la pugna interna entre las partes para reducir su oposición a unidad. Dado que el pensamiento debe aprehender una realidad en movimiento, Hegel desarrolla una lógica que permite conocer el ser (el Absoluto) sin excluir el devenir y el cambio tomando en cuenta los factores internos y externos de la contradicción.
La filosofía del marxismo se
llama materialismo dialéctico porque constituye la unidad orgánica del
materialismo y la dialéctica. Es materialista porque parte del reconocimiento
de la materia como base única del mundo, considerando la conciencia como una
propiedad de la material altamente organizada, como una función del cerebro,
como un reflejo del mundo objetivo; es dialéctico porque reconoce el
encadenamiento universal de los objetos y fenómenos del mundo, el movimiento y
desarrollo de éste como resultado de contradicciones internas que actúan dentro
de él.
Desde esa época,
el pensamiento de Marx quedaría asentado sobre la dialéctica de Hegel, si bien
sustituyó el idealismo de éste por una concepción materialista, según la cual
las fuerzas económicas constituyen la infraestructura que determina en última
instancia los fenómenos «superestructurales» del orden social, político y
cultural.
Muerto ya Marx,
Engels asumió el liderazgo moral de aquel movimiento y la influencia ideológica
de ambos siguió siendo determinante durante un siglo. Sin embargo, el empeño
vital de Marx fue el de criticar el orden burgués y preparar su destrucción
revolucionaria, evitando caer en las ensoñaciones idealistas de las que acusaba
a los visionarios utópicos; por ello no dijo apenas nada sobre el modo en que debían
organizarse el Estado y la economía socialistas una vez conquistado el poder,
dando lugar a interpretaciones muy diversas entre sus seguidores.
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